Un instante con la Madama


Son muy vagos los recuerdos de aquella noche. Flashes; fotos turbias; imágenes borrosas… excepto aquel momento. La gravedad me había echo sentar en el cordón de alguna calle. Mi cabeza, paralela al piso, daba vueltas metida en una nube espesa. Recuerdo como un hilo de baba caía de mi boca hacia el suelo, y se volvía parte de un pequeño río de agua sucia que corría entre puchos, hojas secas y más mugre que había traído la lluvia.

Su carta de presentación fue el sonido de sus tacos; se acercó de a poco, como bajando una escalera, hasta que confusamente se hizo parte de mi deteriorado campo visual. Cuando estuvo cerca, una llama de lucidez iluminó mi mente: tacones negros y brillantes, manchados de barro en algunas partes. Medias de red, que se ajustaban a sus finos tobillos y se deslizaban por su piel hasta llegar a sus muslos. ¡Oh! Sus muslos… fuertes, hermosos, amenazadores. Me imaginé dentro de aquella mujer, siendo asfixiado por aquellas piernas…

Mi lucidez cayó como un boxeador muerto. Mis ojos volvieron hacia mis piernas, como impedidos de seguir mirando. La palidez de mi rostro se reflejaba en el charco estancado entre mis zapatos.

-¿Sabes quién soy? –preguntó con una dulce voz nocturna.

Dudé, aunque siempre lo supe: -Si, lo se.

Un solo segundo de silencio; sólo un instante que perdura en mis nervios hasta el día de hoy. No dijo nada; pues no había nada para decir. Me acarició la cabeza, la mejilla, (aún me parece sentir el frío de uno de sus anillos) y siguió, sobre sus tacones, que ahora se alejaban como subiendo una escalera.

Esa fue la primera vez que la vi. El primer contacto que tuve can Madame Shirley.

PESCADO

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