Un Pescado en lata

No me acuerdo muy bien de lo que ocurrió aquella noche.

Se que desperté con el cemento frío de la cama del calabozo. Levanté la vista y vi las rejas que se movían y giraban a mí alrededor: de repente eran la puerta, de repente eran el techo, después eran el piso. Me dolía todo el cuerpo: las piernas, los brazos, la cara; la gravedad me empujaba

Dormí. No se cuanto, pero dormí. Las náuseas me envolvían.

Acá es donde comienzan las dudas acerca de mi historia. Algunos dicen que fue un sueño o fue el alcohol… Yo digo que, en verdad, fue ella.

Entre sueños recuerdo vomitar. Mi cabeza colgaba de la cama de piedra, mientras mi cuerpo me golpeaba con fuerza desde adentro. Tenía la boca rota, dentro del charco de desechos había restos de sangre. Me mareé, me sentí débil. Me estaban desenchufando y yo no podía hacer nada más que caer; caer sobre el piso frío y sucio y seguir vomitando. Boca arriba seguía vomitando, y el líquido que volvía para adentro y los restos de comida me asfixiaban y me lijaban la garganta y yo no podía hacer nada.

Dormí.

Cuando volví a respirar, sentí su perfume entremezclado con la mierda del lugar. El sonido de sus tacos. Su respiración. Y sus brazos que me apretaban y me cargaban hacia fuera. No recuerdo haber visto a ningún policía: el lugar estaba desierto. Ella había entrado a sacarme y nadie se lo había impedido.

Me llevó hasta el Roger Saint Buá. Cuando mi espalda se apoyó, disfrutando del colchón fino del hospital, la vi alejarse; de espaldas, sobre sus tacos.

Se que hay muchos que no me creen; pero sólo ella, sólo Madame Shirley pudo haber sido.


EL PESCADO

El Gallito de Madame Shirley




El corazón roto de Paraguay


Hace veinticinco años de esto. Recuerdo que hacía un rato que sonaba la banda; había dejado de ser viernes. Frente al escenario, pista, gente y fiesta mediante estaba yo. En un gesto de dorada hipnosis, el whisky barato enjugaba las piedras de hielo en mi vaso; desde hacía un rato ya, yo había empalado mis virtudes y desechado mis miserias… Y ahí estaba, plantado como un roble junto a la barra.

Los “Le bolquet del escombró” interrumpieron un tema. Mientras escuchaba como el agitado presentador anunciaba a una tal Madame Shirley, atestigüe el sonido de mi estómago desafinando feo: un puto rugido hambriento de urgencia. La “completa” que había pedido en el carrito estaba haciendo estragos y solo unos segundos me separaban de perder la dignidad frente a todo el bar, que de un momento al otro, espectaba con ojos abiertos la llegada de esta tal Madame.

Con el ceño torcido y el intestino en alerta, pispiando cada tanto la distancia que me separaba del toilet, me digno a esta odisea. Sudor frío/cálido/frío, en un círculo eterno.

Como un barco ciego, entre el ruido y la bruma distinguí apenas el letrero como un faro: bAÑo. En ese momento, en ese preciso instante percibo su exquisito aroma como una dulce flecha atravesando mis sentidos. Sus bucles vino tinto rebotan contra el aire, de un lado al otro, salpicando los ojos vivos de las caras muertas que la miran. Venus avanza; su cabellera baila sobre su espalda desnuda, la cual su ropa parece no atreverse a tocar.

No pude detenerme en sus lunares, mi intestino apremiaba. De repente, una fichita de rockola voló por el aire, cruzó la pista, y pegó en mi cabeza antes de caer: el baño es unisex. La puerta se cerró detrás de su pelo, y yo sin otra opción que entrar. Mal momento, mal momento, pensé. Como el orto, me dispuse a evacuar.

-¡Mierda! … –grité. Pero el eco me devolvió: -cagá tranquilo.
-… ¡es que no tengo papel!

Prefiero no profundizar en como terminé esa noche. Solo voy a decir que en aquella madrugada fue que la conocí, hace ya veinticinco años. Nunca más la volví a ver. De antro en antro, deambulando por ahí, si alguien la ve, díganle que Asdrúbal “el paragua”, la sigue buscando.


ASDRUBAL