No me acuerdo muy bien de lo que ocurrió aquella noche.Se que desperté con el cemento frío de la cama del calabozo. Levanté la vista y vi las rejas que se movían y giraban a mí alrededor: de repente eran la puerta, de repente eran el techo, después eran el piso. Me dolía todo el cuerpo: las piernas, los brazos, la cara; la gravedad me empujaba
Dormí. No se cuanto, pero dormí. Las náuseas me envolvían.
Acá es donde comienzan las dudas acerca de mi historia. Algunos dicen que fue un sueño o fue el alcohol… Yo digo que, en verdad, fue ella.
Entre sueños recuerdo vomitar. Mi cabeza colgaba de la cama de piedra, mientras mi cuerpo me golpeaba con fuerza desde adentro. Tenía la boca rota, dentro del charco de desechos había restos de sangre. Me mareé, me sentí débil. Me estaban desenchufando y yo no podía hacer nada más que caer; caer sobre el piso frío y sucio y seguir vomitando. Boca arriba seguía vomitando, y el líquido que volvía para adentro y los restos de comida me asfixiaban y me lijaban la garganta y yo no podía hacer nada.
Dormí.
Cuando volví a respirar, sentí su perfume entremezclado con la mierda del lugar. El sonido de sus tacos. Su respiración. Y sus brazos que me apretaban y me cargaban hacia fuera. No recuerdo haber visto a ningún policía: el lugar estaba desierto. Ella había entrado a sacarme y nadie se lo había impedido.
Me llevó hasta el Roger Saint Buá. Cuando mi espalda se apoyó, disfrutando del colchón fino del hospital, la vi alejarse; de espaldas, sobre sus tacos.
Se que hay muchos que no me creen; pero sólo ella, sólo Madame Shirley pudo haber sido.
EL PESCADO
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