Desperté medio desnudo en un sofá de cuero negro y frío. La habitación estaba helada: corría una ventolera fulera a través de un vidrio roto. Me senté mirando el piso; con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrecruzadas en la nuca, mientras la habitación daba vueltas. El dolor me taladraba; me zumbaba en la cabeza como un avispero en plena orgía.
Frío, mucho frío en la habitación.
Logré enfocar la vista hacia mi izquierda y vi en el piso unas cuantas botellas de whisky vacías, como cadáveres representantes de la noche anterior. Como pude me subí los pantalones, me prendí la camisa, y advertí con mis ojos cansados un cenicero desbordado de colillas, junto a un par de paquetes de condones abiertos sobre la mesita de luz, a mi derecha. Ante tanta evidencia, las preguntas, lentamente, comenzaban a rebotar en mi cerebro: ¿qué? ¿cómo? ¿dónde?
No lo recordaba.
Miré a mí alrededor, como un sabueso resaqueado en busca de pistas. Sobre un lado del sofá dormían algunos pelos largos, finos y rojizos. Sobre el otro, unas machas de semen seco. Intentando recordar, empezé a buscar mis zapatos bajo el sofá, pero encontré algo distinto e inesperado: una tierna, dulce, deliciosa tanguita violeta, como un regalo para mis sentidos. Los esfuerzos mentales que hacía por recordar traían consigo una avalancha de mierda desde lo más profundo de mi cuerpo, golpeándome con tal fuerza que mi estómago parecía aplanarse. Me arrastré hasta la ventana del vidrio roto y miré hacia abajo: los desperdicios liberados (seguramente míos), habían resbalado cuatro pisos de balcón en balcón, como una asquerosa cascada, hasta salpicar la vereda.
Con el aire fresco del invierno volví de a poco a la vida. Tanteé mis bolsillos y encontré un cigarrillo arrugado; lo encendí y miré a mí alrededor mientras una sensación de placer invadía mi cuerpo, lo estremecía. Todo aquel caos; aquella atmósfera oculta con olor a alcohol, a perfume, a sudor… a sexo. Estaba de vuelta en la vida.
Serpenteando el desorden, crucé la habitación hasta llegar a la cocina en busca de agua. Pero cuando fui a abrir la heladera vi la nota:
“Esa carita tuya es el único recuerdo que me quiero llevar de anoche.
P.D: el lugar no es mío. ¡Andate ya!”
“M.S.”
No pude recordar nada de aquella noche, solo algunos aromas. Pero, eso si, aún guardo conmigo un tesoro violeta.
Frío, mucho frío en la habitación.
Logré enfocar la vista hacia mi izquierda y vi en el piso unas cuantas botellas de whisky vacías, como cadáveres representantes de la noche anterior. Como pude me subí los pantalones, me prendí la camisa, y advertí con mis ojos cansados un cenicero desbordado de colillas, junto a un par de paquetes de condones abiertos sobre la mesita de luz, a mi derecha. Ante tanta evidencia, las preguntas, lentamente, comenzaban a rebotar en mi cerebro: ¿qué? ¿cómo? ¿dónde?
No lo recordaba.
Miré a mí alrededor, como un sabueso resaqueado en busca de pistas. Sobre un lado del sofá dormían algunos pelos largos, finos y rojizos. Sobre el otro, unas machas de semen seco. Intentando recordar, empezé a buscar mis zapatos bajo el sofá, pero encontré algo distinto e inesperado: una tierna, dulce, deliciosa tanguita violeta, como un regalo para mis sentidos. Los esfuerzos mentales que hacía por recordar traían consigo una avalancha de mierda desde lo más profundo de mi cuerpo, golpeándome con tal fuerza que mi estómago parecía aplanarse. Me arrastré hasta la ventana del vidrio roto y miré hacia abajo: los desperdicios liberados (seguramente míos), habían resbalado cuatro pisos de balcón en balcón, como una asquerosa cascada, hasta salpicar la vereda.
Con el aire fresco del invierno volví de a poco a la vida. Tanteé mis bolsillos y encontré un cigarrillo arrugado; lo encendí y miré a mí alrededor mientras una sensación de placer invadía mi cuerpo, lo estremecía. Todo aquel caos; aquella atmósfera oculta con olor a alcohol, a perfume, a sudor… a sexo. Estaba de vuelta en la vida.
Serpenteando el desorden, crucé la habitación hasta llegar a la cocina en busca de agua. Pero cuando fui a abrir la heladera vi la nota:
“Esa carita tuya es el único recuerdo que me quiero llevar de anoche.
P.D: el lugar no es mío. ¡Andate ya!”
Y más abajo sus iniciales:
“M.S.”
No pude recordar nada de aquella noche, solo algunos aromas. Pero, eso si, aún guardo conmigo un tesoro violeta.
EL HEREJE
1 comentario:
vaya vaya. aquí todo se dice. Y eso me es agradable. Un saludo
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