
Son muy vagos los recuerdos de aquella noche. Flashes; fotos turbias; imágenes borrosas… excepto aquel momento. La gravedad me había echo sentar en el cordón de alguna calle. Mi cabeza, paralela al piso, daba vueltas metida en una nube espesa. Recuerdo como un hilo de baba caía de mi boca hacia el suelo, y se volvía parte de un pequeño río de agua sucia que corría entre puchos, hojas secas y más mugre que había traído la lluvia.
Mi lucidez cayó como un boxeador muerto. Mis ojos volvieron hacia mis piernas, como impedidos de seguir mirando. La palidez de mi rostro se reflejaba en el charco estancado entre mis zapatos.
-¿Sabes quién soy? –preguntó con una dulce voz nocturna.
Dudé, aunque siempre lo supe: -Si, lo se.
Un solo segundo de silencio; sólo un instante que perdura en mis nervios hasta el día de hoy. No dijo nada; pues no había nada para decir. Me acarició la cabeza, la mejilla, (aún me parece sentir el frío de uno de sus anillos) y siguió, sobre sus tacones, que ahora se alejaban como subiendo una escalera.
Esa fue la primera vez que la vi. El primer contacto que tuve can Madame Shirley.
PESCADO
